Los rosas erectos de la tarde preñaron al viento de delirio, sin apenas lascivia y con los labios trenzados de esvásticas recogieron en su mano, y ondearon, sus enormes miembros descromados. Mientras, sus ojos rancios y sus voces de mármol desataron los ciclos del plomo, esas olas difuntas de cuellos arqueados que murmuran la sinrazón. Violadores de esperma ennegrecido pensaron que arrancando las alas a los ángeles conseguirían volar. Violadores de flores negras creyeron que insultando a la luna alargarían su sombra. Violadores.
La mañana descosida olvidó sus hilos templados en el luto, y aún así se la ve caminar, indecisa, dejándose caer sobre sus caderas estrechas. La mañana, despistando su vestido de piel y manchas, lamerá las encías de la tarde, lamerá el dolor de las madres.
Cuando cada día la tarde se deja morir no puedo evitar mirar, no puedo dejar de ver los rosas que fueron, no puedo contener las arcadas cuando descubro que los rosas son solo una mezcla de rojos y blancos.